Artículo: Cuidado con la resiliencia

Bismarck Pinto Tapia Ph.D.

Licenciado en Psicología UCB (1984)
Magíster en Psicología de la Salud por la Universidad Católica Boliviana San Pablo (UCB) (2004)
Doctor en Psicología por la Universidad de Granada-España (2008)
Formado en Terapia Familiar y de Pareja por la Accademia della Famiglia-Roma (1993-1996)
Autor de diversos libros y artículos científicos sobre Terapia familiar, Terapia de pareja, Neuropsicología y Psicología del amor, además de tres poemarios.
Actualmente es docente/investigador en la UCB, coordinador del posgrado y doctorado en terapia y psicología de la familia.

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Cuidado con la Resiliencia

Dr. Bismarck Pinto Tapia[1]

Atormentados por nuestros recuerdos,

nos dedicamos a pulir nuestra memoria.

Boris Cyrulnik

La Psicología es una ciencia con un problema complicado: su lenguaje. Las ciencias exactas poseen un sistema de comunicación ajeno a las palabras cotidianas, mientras, nuestra ciencia carece de uno propio. Ribes-Iñesta (2009) hace referencia al extravío del lenguaje en el laberinto de la psicología. Tanto Pávlov como Freud recurrieron al lenguaje de la física, palabras tales como inhibición e irradiación en el caso del fisiólogo ruso; energía y represión en las palabras freudianas, ambos matizaron sus conceptos con aquellos que estaban de moda en la filosofía de su tiempo, el asociacionismo principalmente (Windholz y Lamal, 1986; Freud, S. y Bonaparte, P., 1954).

En los modelos de la neuropsicología, Luria recurre al lenguaje de la cibernética enmascarado por la dialéctica materialista, propuesto por Anokhin en el afán de evitar la censura del Estado Comunista. Los neuropsicólogos contemporáneos optaron por el discurso de la Informática: input, output, biofeedback.

Los juegos del lenguaje, obligan a que cada concepto psicológico sea definido una y otra vez, dependiendo de la Escuela que lo trate. Ante un término psicológico, la pregunta inmediata e inevitable es: ¿según quién?

Hemos creado mundos ficticios aparentemente consistentes desde la perspectiva lógica pero insostenibles desde la evidencia (Shotter, 1990; Holt, 2001). Skinner intentó producir un sistema de expresiones acuñadas desde el laboratorio experimental, estipuló la importancia de la operacionalización en el estudio de la conducta animal y humana (Skinner, 1945). Intentó explicar el lenguaje utilizando el concepto de conducta operante (Skinner, 1981) e inmediatamente fue criticado por Chomsky con los postulados de la gramática generativa (Chomsky, 1959).

La carencia de un lenguaje propio en la Psicología, ocasiona malentendidos, más aún cuando algunas escuelas psicológicas redundan en posturas anticientíficas, proponen premisas equivocadas, sobre ellas producen términos para justificarlas, y otros más para establecer la veracidad de los anteriores. Por ejemplo, el concepto inconsciente, considerado el núcleo de la teoría psicoanalítica, nunca tuvo asidero en la evidencia, la definición freudiana se sustenta en la siguiente definición: “…explica el conjunto de los contenidos no presentes en el campo actual de la conciencia, esto en el sentido descriptivo y no tópico, esto es, sin discriminar entre los contenidos de los sistemas pre consciente e inconsciente” (Laplanche y Pontalis, 1988, p.306). Ésta la concepción desde el punto de vista descriptivo, se complejiza desde las consideraciones tópicas, es decir, la supuesta configuración del aparato psíquico, y más según la perspectiva económica fundamentada en la idea de cargas y descargas de energía psíquica, para añadirse el modelo dinámico, término alusivo al conflicto entre fuerzas de origen pulsional.

Nada de lo expresado en la definición puede ser falsable, porque se trata de ideas concatenadas en un razonamiento lógico imposible de ser contrastado con la realidad. Parafraseando a Wittgenstein: no porque tenga lógica es verdadero (Mota, 2015).

El método científico ofrece la posibilidad de verificar las hipótesis acerca del funcionamiento del universo, debido a su rigurosidad obliga que los postulados sean falsables, esta postura denominada racionalismo crítico se opone tenazmente al racionalismo lógico (Silveira, 1996).

Este enfoque es suficiente para que la Psicología organice su conocimiento alrededor de conceptos lo suficientemente sólidos como para emigrar al ámbito de la aplicación, si no se actúa de esa manera corremos el riesgo de ofrecer alternativas erróneas a nuestros usuarios, principalmente en la Psicoterapia.

El lenguaje que usamos corre el peligro de insertarse en el mundo cotidiano, descontextualizándolo, y peor aún ser usado por las falsas ciencias. No es solamente un problema que atenta contra la dignidad de nuestra ciencia, sino puede ocasionar daños en la vida de las personas, al ofrecerles esperanza para la solución de sus problemas.

Me temo que esto está pasando con el vocablo resiliencia. Revisemos sus orígenes, historia, relaciones y aplicaciones.

Su etimología se encuentra en el inglés resilence, del latín resiliens, formada por el participio presente activo resiire, en el sentido de retroceder. El prefijo re hace referencia a la reiteración, el verbo salire significa saltar; el sufijo nt indica agente y el sufijo ia remite a la cualidad, sintetizando: la cualidad (-ia) del que (-nt) vuelve (re-) a saltar (salire) (Sandoval, 2016).

La Real Academia de la Lengua Española, define resiliencia como:

1. f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.

2. f. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido (RAE 2016).

Originalmente se utilizó el término resiliencia en el contexto de la física, donde se la define como la medida de la resistencia de un material a los choques, se aplica a la Mecánica y a la Ingeniería principalmente (Lévy, 1992).

En Psicología, se la ha definido de varias maneras; sin embargo, todas ellas contienen tres palabras o sus sinónimos: supervivencia, adversidad y recuperación. Como ejemplo: cualidad de las personas para resistir y rehacerse ante situaciones traumáticas o de pérdida, proyectarse en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vidas difíciles y de traumas (Lamas y Murruraga, 2005); otro: Ser resiliente, es poder tolerar y superar la experiencia adversa, pudiendo vivir con ella, pero preservando una adecuada calidad de vida, con el menor daño posible (Schiera, 2005).

Al considerar a alguien resiliente, en general, lo hacemos para indicar tres ideas básicas: es capaz de alcanzar sus objetivos a pesar de la situación desfavorable; se mantiene competente; supera situaciones traumáticas pasadas. Además, son personas que han experimentado ciertas condiciones en su infancia: cariño incondicional; caricias y apoyo; reconocimiento por sus logros; oportunidades para demostrar sus destrezas; referentes éticos (Schiera, ob.cit.).

La Psicología después de las grandes guerras mundiales empezó a preocuparse con los recursos humanos para enfrentar las adversidades.  Scoville (1942), al interesarse por las familias de trabajadores británicos, observó las reacciones de los niños ante el distanciamiento de sus padres, algunos a pesar de las carencias afectivas se sobreponían a su situación, para explicar el fenómeno utilizó el término invulnerabilidad (invulnerability).

Los estudios de la invulnerabilidad se ocuparon de identificar las competencias de los niños invulnerables. El foco de atención fue la aplicación de los modelos de riesgo a las incompetencias para la adaptación, reconociendo la vulnerabilidad individual, familiar y el estatus social. Se plantearon estudios comparativos entre muestras de niños vulnerables e invulnerables. La conclusión era suponer que los padres con alguna enfermedad mental ejercían violencia intrafamiliar, ocasionando trastornos psicológicos en los hijos, esa violencia era el factor explicativo de la vulnerabilidad (Garmezy, 1974).

Otros investigadores sustentaban que las madres con trastornos mentales daban lugar a nacimientos de niños vulnerables a las mismas enfermedades (Field, Goldberg, Stern y Sostek, 1980). La tendencia de asociar a los padres enfermos mentales con el riesgo de que los hijos corran la misma suerte fue el tema central de las investigaciones (Garmezy, 1993).

Al encontrar excepciones en la hipótesis: padres enfermos generan hijos enfermos, se optó por investigarlos (Seifer y Sameroff, 1987). El término invulnerabilidad fue criticado porque daba la impresión de puntualizar la presencia de inmunidad total a pesar de la genética y el contexto desfavorable, por eso se prefiriò el término resistencia en vez de estrés. Sin embargo, se eligió la palabra resiliencia (Bronfenbrenner 1990). Vocablo derivado de la física aplicado a la ecología como la capacidad de los sistemas ecológicos de recuperarse después de una calamidad (Reice, Wissmar y Naiman1990; Ryan, 2001). Al realizarse una comparación conceptual entre invulnerabilidad y resiliencia, se tiende a preferir el segundo (Anthony, 1987).

Rutter (1985) encuentra tres incongruencias en el término invulnerabilidad: la resistencia al estrés no es absoluta, depende de varios factores psicológicos y ambientales; la invulnerabilidad no es una competencia estable, varía en el tiempo y a las circunstancias; la resistencia se produce por la combinación de elementos biológicos y aprendidos.

Es interesante la repentina aparición del concepto resiliencia como sustituto de invulnerabilidad y resistencia al estrés como resultado de la incapacidad de explicar la presencia de casos contradictorios con el fenómeno de la transmisión familiar de trastornos mentales en los niños. Una vez comprobada la ineludible evidencia de las excepciones se pasó a creer en una causa determinante, para reconocer posteriormente la diversidad de factores involucrados.

Rutter utiliza el término protectores para indicar los elementos que se consolidan como resistentes a la influencia del surgimiento de enfermedades mentales, así lo expresaba: los factores protectores se refieren a las influencias que modifican, mejoran o alteran la respuesta de una persona a algún peligro ambiental favorecedores de un resultado desadaptativo (p. 600).

Anthony y Rutter resuelven el problema de la invulnerabilidad hacia los trastornos mentales con la construcción de un concepto, quedando así el silogismo: si existen niños que deberían manifestar indicadores de trastorno mental porque provienen de padres enfermos, pero no ocurre, entonces se debe a que poseen una condición especial.

En vez de refutar las dos premisas iniciales, padres enfermos generan hijos enfermos y ambientes desfavorables para el desarrollo también se relacionan con el fomento de los trastornos mentales, asumen una explicación para insistir en la explicación de alguna manera determinante. Revisar las hipótesis hubiera permitido la comprensión de la complejidad de la transmisión genética y su relación con las variables del contexto.

En síntesis, el concepto resiliencia intentó ser la explicación para entender cómo las personas eran capaces de sobrevivir a pesar de vivir en contexto de pobreza, con experiencias de violencia intrafamiliar o a pesar de desastres naturales (Garmezy, 1974).

El pensar de manera causal y emplear los moldes de la epistemología cartesiana impidieron entender mejor el problema. Al sugerir un concepto explicativo se eludió la investigación de la evidencia, sin percatarse, al identificar los componentes de la resiliencia quizás se los estaban involucrando en categorías a las cuales no pertenecían.

El estudio más importante fue el dirigido por Werner (1992), investigación longitudinal de personas desde su nacimiento hasta los cuarenta años, identificó algunos niños destinados a tener problemas en el futuro, sin embargo, fueron personas exitosas. Esta investigación propagó la idea de la existencia de condiciones inherentes a las personas para ser capaces de sobreponerse a la adversidad, ir en contra del pronóstico.

La concepción de la resiliencia puede hacerse desde cuatro ópticas: la que la relaciona con la adaptación; asociada a habilidades particulares; aquella que destacan el nexo entre factores biológicos, contextuales y espirituales; finalmente abordada como un proceso (García, y de la Ossa, 2013).

Considerarla como adaptación, lo hace desde la perspectiva determinista de la genética en relación a las enfermedades mentales. La persona posee un bagaje genético de riesgo, lo predispone a sufrir un trastorno, sin embargo, no solamente es un ser incólume, sino será capaz de soportar experiencias estresantes (Werner, 2001). Desde este punto de vista se trata a la resiliencia como sinónimo de adaptación positiva, dentro de la relación entre riesgo y componentes de protección, además, es necesaria la toma de decisión en momentos de crisis, comprendiendo a la persona resiliente como alguien capaz de seguir adelante a partir de un momento desventajoso. Por ello esta teoría se fija en un momento concreto de adversidad, donde es suficiente que la persona haya logrado superarla para catalogarla como resiliente.

Pensarla como un conjunto de competencias enfatiza la influencia del entorno, a diferencia de la anterior, discurre en favorecer el aprendizaje, por ello es tratada como una condición humana universal que permite la superación de la adversidad además de poder ser transformada por ella (Grotber, 1995). Se habían identificado factores personales, ajenos a la familia, siendo fundamentales para la resiliencia como: autoestima adecuada; tendencia a la autonomía; esperanza; responsabilidad; generosidad; rendimiento escolar bueno; creencia en Dios; alto nivel moral y caridad. Para Grotberg estos aspectos son insuficientes para comprender la resiliencia porque se los identifica aislados y no relacionados. Su posición es predominantemente social, piensa en los trabajos de Werner y sus seguidores con matices individualistas, de ahí que su propuesta amplía el concepto hacia grupos y comunidades (Grotberg, 2003). A partir de su oferta se hace posible el entrenamiento en habilidades resilientes. Desarrolla programas para niños de diversas culturas en situaciones de desastres naturales. Lo hace en 22 países, según sus resultados, si bien notó diferencias culturales, los niños y niñas aprendieron habilidades suficientes para enfrentar los infortunios sufridos (Gretberg, 2001).

Sus programas identificaron las habilidades resilientes en tres áreas: ser, tener y poder. En el ser los niños y niñas fomentaban ideas reforzantes para la autoestima como: me alegra hacer cosas buenas por los demás. En el ámbito del tener recurrían a connotar positivamente las acciones de los demás hacia ellos, por ejemplo: las personas a mi alrededor confío y que me amarán, pase lo que pase. En cuanto al poder se decían a sí mismo frases alentadoras para la confrontación con sus problemas, como: sé cuándo es un buen momento para hablar con alguien o tomar decisiones (Gretberg, 2001).

La guía utilizada por Gretberg, presuponía a la resiliencia como la capacidad de triunfar sobre los traumas potencialmente presente en todos, dejando de ser una excepción para comprenderse como una condición humana, el único requerimiento era precipitarla a través de orientaciones desarrolladas en su programa.

La tercera visión que integra los elementos internos con los externos está representada principalmente por Vanistendael (2007), trabajando con cuidados paliativos y desde su fe católica plantea a la resiliencia caracterizada por dos aspectos indisolubles: la protección de la integridad sometida a estrés y la capacidad para definir una actitud vital positiva a pesar de las adversidades (Vanistendael, 2003). Cree que se trata de una condición humana universal, presente en todas las culturas, sin embargo, solamente en inglés existe la palabra para designarla. La unidad fundamental para su desarrollo es el sentirse profundamente aceptado, se suman el descubrimiento de un sentido positivo hacia la vida, sentido de humor constructivo, todo ello forma una persona segura y con una imagen optimista de sí mismo sustentada en la fe (Vanistendael, 1993).

Finalmente, proponer a la resiliencia como un proceso se inicia con Rutter (1985), la caracteriza por un conjunto de procesos sociales y psíquicos que favorecen llevar una vida saludable a pesar de un contexto adverso. Estos procesos ocurren en el correr de los años, por eso, no se trata de un atributo innato, sino forjados en la interacción de la persona con su ambiente. Este psiquiatra infantil se especializó en el manejo de niños diagnosticados como autistas, responsable por la inserción del vocablo resiliencia en el ámbito social. Para hablar de ella, debe cumplir cuatro requisitos: resistencia absoluta al daño, se aplica a todas las circunstancias de riesgo, es una característica intrínseca de la persona y se mantiene estable en el tiempo (Rutter, 2012).

La interacción entre los genes y el entorno para moldear personas fue investigada por Rutter en la depresión y la personalidad antisocial, sugiere para realizar el pronóstico en ambos casos, es insuficiente el factor genético y el factor ambiental, por lo tanto, lo más plausible es la participación de ambos (Rutter y Silberg, 2012).

Está fuera de discusión el impacto de las condiciones adversas a las que las personas se ven infortunadamente sometidas: pobreza, violencia intrafamiliar, guerras, desastres naturales, enfermedades, estrés y otras. Sin embargo, vivenciar esas experiencias como traumáticas depende del significado singular (Velásquez, López, López y Cataño, 2011).

Una misma vivencia puede ser experimentada como traumática por unas personas y no por otras (Brewin, 2011), algunas le darán sentido y otras se detendrán en rememorarse como víctimas (Finkelhor, Dzuiba, 1994). Se ha dispersado la idea del trauma desde experiencias de padecimiento físico a sufrimientos psicológicos. Es más efectiva la definición del trauma en presencia de daño físico, como el trauma por dolor crónico (Casey, Greenberg, Nicassio, Harpin y Hubbard, 2008), trauma por tortura (Kira, Ashby, Odenat y Lewandowsky, 2013), mientras, se dificulta la definición de algunos traumas psicológicos, por ejemplo, trauma por traición (McNally, 2007); maltrato emocional (O’Hagan, 1995) y los traumas sufridos por la guerra (Grill, 2009), atentados terroristas (Greenberg, 2003) y desastres naturales (Díaz, Quintana y Vogel, 2012).

Tanto Rutter (1991) como Grotberg (1995) suponen a la resiliencia conformada por factores protectores, entendidos como los recursos de la persona, del entorno o de la interacción entre ambos, que amortiguan el impacto de los elementos adversos o convirtiéndolos en condiciones favorables. Se los agrupa en dos campos, el biológico y el de acervos personales.

También se ha identificado al apoyo social como un factor importante en la formación de conductas resilientes (Ozbay, Johnson, Dimoulas, Morgan, Charney y Southwick, 2007). Dentro de esa categoría los pares son indispensables, sobre todo los mejores amigos (Graber Turner y Madill, 2007).

También juega un papel significativo el lazo familiar. Se han verificado como componentes protectores familiares: el optimismo de la familia, la espiritualidad, la tendencia a ponerse de acuerdo, flexibilidad en las reglas, comunicación efectiva, manejo adecuado de los recursos económicos, uso de tiempo libre, intereses recreacionales comunes, rutina y rituales, apertura al apoyo social (Black y Lobo, 2008).

Varios estudios han señalado la relevancia del sentido de humor como factor de protección (Cheung, y Yue, 2012). La fe o espiritualidad ha sido definida como indispensable para la generación de la resiliencia (Niaz, 2006; Peres, Moreira, Nasello y Koenig, 2007), se la ha asociado a las emociones positivas y a la esperanza (Tugade y Fredrickson, 2004;Smith, Ortiz, Wiggins, Bernard y Dalen, 2012).

Un tema recurrente es el plantear a las emociones positivas como elementos de protección. Se piensan a estas emociones como adaptaciones evolucionadas para formar recursos duraderos de protección, al contrario de las emociones negativas que reducen la atención, lentifican los procesos cognitivos y paralizan las respuestas fisiológicas ante amenazas inminentes (Ong, Bergeman, Bisconti y Wallace, 2006).

Se ha estudiado la relación entre los cinco grandes factores de la personalidad y la resiliencia, se estima una relación negativa con inestabilidad emocional y positiva con apertura a la experiencia y generosidad, es indiferente con extraversión y responsabilidad (Oshio, Taku, Hirano y Saeed, 2018).

El nivel de inteligencia también se asocia a los factores de protección, principalmente las áreas de razonamiento matemático y verbal (Friborg, Barlaug, Martinussen, Rosenvinge y Hjemdal, 2005). Se ha encontrado relación con la creatividad (Metzel y Morell, 2008). Otra condición psicológica con la cual se enlazó a la resiliencia es la empatía, encontrando relaciones positivas con los niveles adecuados y altos, negativas con los bajos (Hein, 2013). También se encontró relación entre la resiliencia y la autoestima (Veselska, Geckova, Orosova, Gajdosova, van Dijk y Reijneveld, 2009).

La inteligencia emocional es considerada como la unidad esencial en la resiliencia (Schneider, Lyons y Khazon, 2013), en países latinoamericanos se las relacionó en estudios con trabajadores de la salud mental (Veloso, Cuadra, Antezana, Avendaño y Fuentes, 2013); en adolescentes adictos (Gutierrez y Romero, 2014); con la satisfacción vital (Mikulic, Crespi y Cassullo, 2010; Cejudo, López y Rubio, 2016).

Benzies y Mychasiuk (2009) identificaron nueve factores resilientes: locus de control, regulación emocional, sistemas de creencias, autoeficacia, habilidades de afrontamiento efectivo, educación, habilidades y entrenamiento, salud, temperamento y género.

En el caso de las poblaciones vulnerables ha sido un concepto ampliamente utilizado, por ejemplo, en el estudio de niños y niñas en situación de calle (Alcalde, Alcalde y Palacios, 2001; Guillén, 2005; Obando, Villalobos y Arango, 2010). Otros estudios se han focalizado en víctimas de abuso sexual (Pinto-Cortez, 2014). Se han abordado los factores resilientes en adictos a las drogas (Becoña, 2007) y al alcohol (Alonso, Camacho, Armendáriz, Alonso, Ulloa & Pérez, 2016). Otro campo donde se ha introducido el concepto es el carcelario (Ferrer, 2014; Berg y Castro, 2017) y el de las conductas delictivas juveniles (Llobet, 2005).

Otra área de investigación está en el campo de las enfermedades crónicas. (Quiceno y Vinaccia, 2010), como lo es en el ámbito de las personas moribundas (de Llergo y Ariaza, 2009). Actualmente se estudia la resiliencia en el caso de trastornos mentales: depresión (Saavedra, Castro e Inostroza, 2011); esquizofrenia (Linares y Vallerino, 2008); estrés postraumático (Poseck, Baquero y Jiménez, 2006) entre otros.

El surgimiento de la resiliencia se inicia en el trabajo de Rutter con familias, no es de extrañar su aplicación en esa área. Walsh (2004) propone que la familia es un núcleo de la resiliencia capaz de inculcarla a sus miembros. Por lo tanto, identificar la resiliencia familiar en los grupos familiares conlleva a favorecer el afrontamiento de las adversidades de las personas que los componen. El interés se ha centrado en las características resilientes de padres y madres de personas con esquizofrenia (Fernandez, 2011), autismo (Jimenez, 2016), capacidades diferentes y otros.

Delage (2002) ha listado los factores de la familia resiliente: creencia en poder superar el trauma; posibilidad de tener control de la situación; capacidad de mantener el funcionamiento organizado, aunque la organización varíe; se mantienen las funciones, aunque haya cambio de roles; se mantiene la sensación de seguridad gracias a las relaciones internas; equilibrio entre la familia y las redes sociales externas; existe solidaridad entre sus miembros; existen creencias religiosas sólidas;  criterios éticos profundos; es posible la idea de familia.

Considerando los sistemas adyacentes a la familia, se ha tratado de identificar la presencia de la resiliencia en los cuidadores informales y formales de personas con enfermedades físicas y mentales (Córdoba y Poches, 2016; de Lucena Carvalho, Calvo, Martín, Campos y Castillo, 2006). Se la ha incluido como factor de reconciliación y protector contra el divorcio en la vida conyugal (Graham, 2000; Reid y Amahad, 2015; Bradley y Hojjat, 2017; Asanjarani, Galehdarpour, Estalkhi, Neghabi, Shahverdi, y Rajamand, 2017)

En el ámbito de los desastres naturales (Quarentelli, 1998; 2005) se ha incluido a la resiliencia como un factor indispensable para la comprensión de la psicología de los sobrevivientes (Turnbull, Sterrett y Hilleboe, 2013). Torry (1979) en primer lugar, y Burton (2012) posteriormente la concibieron como una condición de la comunidad para reponerse ante el infortunio. Se ha configurado un modelo explicativo sobre la resiliencia en situaciones de desastre, partiendo del supuesto de la posibilidad de cuantificarla. La resiliencia se sitúa como determinante en los procesos de adaptación de comunidades destrozadas por fuerzas de la naturaleza, es un potencial que permite la adaptación en contra de la vulnerabilidad. La reposición ante la adversidad requiere de sustentabilidad como evidencia de invulnerabilidad, es decir, la colectividad debe ser capaz de retornar al estado previo de la catástrofe después de experimentar cambios inevitables. El modelo contempla la existencia de recursos de afrontamiento presentes antes del desastre; la anticipación de conductas protectoras ante el eminente peligro y la capacidad de poner en práctica las habilidades aprendidas en otras ocasiones y la intuición durante el evento; después, si se han cumplido los requisitos es más probable el retorno a la normalidad (Cutter, Barnes, Berry, Burton, Evans, Tate y Webb, 2008).

Se han realizado propuestas para medir los niveles de resiliencia, las más utilizadas son: The Connor-Davidson Resilience Scale (CD-RISC) (Connor y Davidson, 2003); The Resilience Scale for Adults (RSA), elaborada por Friborg, Hjemdal, Rosenvinge y Martinussen (2003). Se hicieron adaptaciones en México (Palomar y Gomez, 2010), Colombia (Munévar, Vargas, Borda, Alpi, y Quiceno, 2016), Chile (Cisternas, 2015). Otras escalas son: Resilience Scale (Wagnild, 2009); The Brief Resilience Scale (Smith, B. Dalen, Wiggins,Tooley, Christopher y Bernard, 2008); Adolescents Resilience Scale (Oshio, Kaneko, Nagamine y Nakaya, 2003).

El concepto de resiliencia se ha difundido popularmente, el libro Los patitos feos (Cyrulnik, 2002), se consolidó como un best seller, y su autor es famoso. Los investigadores se refieren a Cyrulnik para justificar sus estudios sobre resiliencia, utilizando su idea central: retornar a la vida después de experimentar un trauma (Barudy y Dantagnan, 2005). Es una referencia ineludible en la Psicología Positiva (Lupano y Castro, 2010). Hablar de resiliencia es referirse a Cyrulnik (Cala, 2020).

El concepto de resiliencia ha sufrido una vertiginosa evolución, al principio interesaron las características de las personas, posteriormente sus procesos. Se forjase como un concepto explicativo derivó en aplicativo. Hoy es posible escucharla en diversas pseudociencias, por ejemplo: neuroresiliencia, coaching de resiliencia, entre otras.

El concepto resiliencia surge durante investigaciones sobre la presencia de trastornos mentales en los padres y la posibilidad de que los hijos también los sufran. La discusión se producía debido a las críticas de quienes ponían de relieve al aprendizaje. El sugerir influencias genética y socio económicas dejaba de lado al libre albedrío, condición indispensable en la cultura capitalista anglosajona. Considerar la invulnerabilidad como la explicación a las excepciones en ambientes desfavorables libera al Estado de su responsabilidad con la pobreza y las iniquidades sociales. La responsabilidad no recae en el sistema económico y social, sino en las personas vulnerables. Presentando la supervivencia de algunos, justifica la desgracia de muchos porque son vulnerables.

La palabra resiliencia reemplaza invulnerabilidad, resistencia al estrés y otros asociados necesariamente con las desventajas del entorno porque se focaliza exclusivamente en procesos complejos inherentes a potencialidades de la persona. No es el contexto el responsable por los factores resilientes, son las condiciones individuales. Con el desplazamiento del concepto al ámbito familiar se sugiere al amor de los padres como determinante en el desarrollo de las características resilientes: a pesar de la pobreza, enfermedad, desastres, etc., es posible la supervivencia. Esta manera de ver evita la necesidad de realizar cambios en los entornos desfavorables. Es señalar a los vulnerables por su infortunio, no poseen las capacidades resilientes.

La consecuencia práctica de la resiliencia es la construcción de programas que la estimulen. Ya sea abocados a la persona o a la familia, éstos supuestamente fortalecerán los recursos resilientes latentes. No se dirige la mirada a las condiciones deplorables de la sociedad donde habitan, sino a la falta de oportunidades. Una vez más nos encontramos ante la influencia de las expectativas ideológicas en el desarrollo de las ciencias humanas.

Resiliencia es inseparable del concepto trauma. Se entrevé a los supervivientes de las experiencias traumáticas como portadores de destrezas extraordinarias, dándole credibilidad debido a las anécdotas de Cyrulnik y otros supervivientes del Holocausto en lugar de preocuparse con la pertinencia del término trauma.

El vocablo trauma proviene del griego τραύμα (herida), utilizado con propiedad en la medicina, de donde, por ejemplo, surge la palabra traumatología. Es una metáfora en Psicología, para referirnos a la herida emocional. El primero en aplicar la palabra en el ámbito psicológico fue John Erichsen, en 1860 se refirió al síndrome del trauma aplicado al terror a los accidentes de tren. Luego fueron Charcot, Janet, Binet, Breuer y Freud quienes lo ligaron a una herida de la mente ocasionada por un impacto emocional intempestivo. En 1980 se lo utiliza para describir las severas alteraciones de personas sobrevivientes de experiencias vividas en guerras, torturas, secuestros, asaltos, en fin, vivencias indescriptibles. Acuñándose el término estrés post traumático, anteriormente neurosis de guerra. Los descriptores del trastorno se vieron en figurillas al tratar de especificar el significado de trauma, soslayan la dificultad semántica al describir como primer criterio del trastorno: Experiencia directa del suceso(s) traumático(s) (APA, 2014).

En la misma connotación ideológica de la resiliencia el trauma soslaya la discusión acerca de las causas referidas a la indefensión de los soldados ante las disputas entre las políticas sumidas en intereses económicos. Se trata de un término construido para dar salida a problemas morales y socioeconómicos, que es preferible analizarlos desde la perspectiva psicopatológica (Gonzáles y Perez, 2007).

¿Qué define a una experiencia como traumática? Las investigaciones sobre el recuerdo, indican que poseemos una memoria protegida (Acarin y Acarin, 2001), las personas exitosas tienden a olvidar sus experiencias traumáticas al contrario de lo que ocurre en aquellas frustradas (Smith y Glaves, 2017), fenómeno contradictorio con la teoría psicoanalítica del trauma, aparentemente son los neuróticos quienes reprimen sus vivencias dolorosas. Según la perspectiva cognitiva, no es el evento en sí mismo el estresante, sino la atribución que la persona le da (Folkman y Lazarus, 1984).

Otro aspecto enlazado con la resiliencia es la autoestima, funesto concepto ajeno a la evidencia científica desde su construcción (Rosenberg, Schooler, Schoenbach, y Rosenberg, 1995), entendido como causa del éxito, cuando es efecto. Las escalas para medirlas no han ofrecido la consistencia ni fiabilidad necesarias para confirmar la validez del concepto. He realizado un análisis detenido sobre su falacia (Pinto, 2016). No es difícil deducir las erróneas relaciones encontradas con el concepto resiliencia.

Enfatizar la sobrevivencia al estrés en la definición de resiliencia, conlleva un problema, ¿cómo los investigadores están seguros de que la experiencia es traumática? Para comenzar asumen al concepto trauma como idóneo para referirlo como el evento al cual la persona resiliente fue capaz de sobrevivir. En seguida, ¿cuál la evidencia de que la experiencia fue indefectiblemente traumática? Resuelven esto con las anécdotas cuando se recurre a una metodología cualitativa (Vadebenito, Loizo y García, 2009) y a la respuesta a preguntas en escalas sobre las habilidades resilientes aplicadas a personas que se supone atravesaron una experiencia traumática.

Si olvidamos que la selección de participantes se la hizo en un entorno catastrófico o desfavorable, es probable que cualquiera puntúe alto en preguntas como: Normalmente me las arreglo de una manera u otra. Soy resuelto y decidido. Soy una persona con adecuada autoestima. Por supuesto los resultados confirmarán a dichos atributos como significativos en personas resilientes (Sánchez y Robles, 2015).

La concepción de la resiliencia evolucionó de ser atributo individual a social, entonces cualquier organización sobreviviente a las adversidades estaba formada por fortalezas resilientes. Esto la convirtió en un concepto explicativo: ¿por qué no sucumbió tal o cual organización (individual o social) a los embates de la adversidad? Porque está configurada por elementos protectores incluidos en la resiliencia.

Los componentes de la resiliencia se dispersan desde lo biológico hasta lo espiritual, algunos se incorporan en conceptos psicológicos: inteligencia, creatividad, personalidad, aunque, la mayoría de ellos recurren a palabras de difícil definición: sentido de humor, ideología personal, independencia, autoconocimiento, y otras.

Todos los investigadores de la resiliencia coinciden en utilizar el término emociones positivas como esencial en el desarrollo personal de los resilientes. ¿Es posible identificar ese tipo de emociones? Conlleva obligatoriamente a la clasificación de las emociones en positivas y negativas, tarea ajena a su investigación (Frijda, 1988), desde el momento que definimos a las emociones como experiencias subjetivas generadas por respuestas fisiológicas nos estamos apegando a considerarlas indemnes de valoración, las emociones simplemente están ahí para activar respuestas de nuestro organismo dirigidas a la sobrevivencia, en todo caso todas son positivas. La valoración de la emoción deviene de los procesos cognitivos complejos, otorgándoles significado y permitiendo nominarlas (Frijda, 1970). Gazzaniga (1992) se refiere al intérprete como el recurso cognitivo que da significado a la realidad, incluyendo a las emociones.

Entonces, las emociones no pueden tener ningún tipo de connotación mientras no son procesadas e interpretadas. La idea de las emociones positivas proviene del pensamiento que adjudica a la mente a través de los sentimientos positivos de influenciar sobre el entorno (Seligman y Csikszentmihalyi, 2014).

Al asociar la felicidad con la resiliencia, se presenta a los resilientes como personas felices, olvidándonos en la mayoría de los casos de sus afecciones. ¿Es posible hablar de felicidad en el caso de un niño autista o de otro en situación de abandono? ¿Pensar en la felicidad después de haber experimentado una violación o vivir diariamente en un campo de batalla? ¿Colmar de elogios a los padres de un muchacho esquizofrénico o a los de un adicto a las drogas será beneficioso?

Ubicar los recursos de la familia, de la pareja o de la persona no inciden en nada en la realidad dolorosa cotidiana e irreparable. Por cierto, existen excepciones, pero son eso nada más. Si vivimos en un país donde la pobreza es la norma, las oportunidades para adaptarse y más aún para descollar entre la mayoría oprimida son mínimos. No es suficiente la estimulación de las fortalezas latentes para proporcionar alternativas de solución factibles.

También se relacionó la resiliencia con la inteligencia emocional, término desafortunado, porque comprende varios errores conceptuales. Una vez más tropezamos con la candidez del uso de la palabra emoción, Goleman (2010) le da un sentido equívoco al introducirla en el ámbito de la psicología de la inteligencia, olvidando que la inteligencia humana fue estudiada por Spearman, quien la define como un factor general factible de medirse y compuesta por habilidades que permiten inferir relaciones y a partir de ellos aducir correlatos (Horn y McArdle, 2007). El concepto carece de sustento científico, porque la palabra inteligencia y emoción no pertenecen a las definiciones que se hacen de ellas, es una simbiosis forzada de componentes ajenos el uno del otro.

Adjudicar condiciones resilientes a la familia y a la pareja ha sido un aporte de los estudios iniciados por Rutter (1987) al indagar sobre los mecanismos protectores en personas resilientes. Walsh (1996) enriquece la explicación de la resiliencia familiar al recurrir al enfoque sistémico y a las teorías del estrés. Es así que la define como conteniendo recursos para adaptarse y prosperar ante las experiencias estresantes.

En cuanto a la resiliencia conyugal, se la ha definido principalmente como una entidad capaz de sobrevivir al divorcio (Greene, Anderson, Forgatch, DeGarmo, y Hetherington, 2012). La propuesta consiste en adaptar los criterios de la resiliencia familiar a la relación de pareja (Graham, 2000).

Al plantear condiciones resilientes a la familia se las considera como los estamentos protectores de las personas que las componen, no se está revisando a la familia y a la pareja como la entidad que enfrenta adversidades, sino, a sus componentes. Hablar de familia resiliente en casos de miembros con esquizofrenia, por ejemplo, indaga acerca de los mecanismos familiares que permiten la adaptación del esquizofrénico (Bishop y Greeff, 20159. Es lo mismo en el caso de la resiliencia conyugal, se la asocia con la sobrevivencia a situaciones infortunadas, como es la presión económica (Conger, Rueter y Elder, 1999). En ninguno de los dos temas se especifican los componentes específicos que permiten la superación de la adversidad, al parecer es la resiliencia en sí la promotora de los beneficios. Por ejemplo, en el estudio de Conger, Rueter y Elder se verificó que la capacidad de la pareja para afrontar problemas es una parte importante para resolver los apuros económicos. En vez de contemplar a esa habilidad como el recurso, se refiere a la resiliencia y no a las habilidades para afrontar problemas.

La resiliencia es un término explicativo para cualquier procedimiento en la solución de problemas. Definir los obstáculos requirió el uso de conceptos espurios dando lugar a una terminología vaga, adversidad depende de la interpretación que se haga, trauma indefinible, estrés relativo a la persona. Se utilizó el término catástrofe conectada a la naturaleza sin especificar las diferentes experiencias con el evento de cada una de las personas seleccionadas en los estudios.

Quizás lo más aciago en la aplicación del concepto resiliencia se refiera al estudio de delincuentes. El problema eludido es el ético, no es correcto dar lugar a entrevistas de criminales, más aún ofrecerles la oportunidad para victimizarse. También resulta polémico trabajar con poblaciones de menores implicados en acciones violentas, como es el caso de los niños soldados (Cortes y Buchanan, 2007), los investigadores se muestran como testigos impasibles de las vivencias de estos pequeños.

Como conclusiones de este ensayo acerca del concepto resiliencia, es posible señalar las siguientes:

  • El concepto es construido para reemplazar a la invulnerabilidad porque evita con mayor eficiencia las consideraciones acerca de los condicionantes socio-económicos. Permite establecer que no es el contexto el responsable por los factores resilientes, sino las condiciones individuales.
  • Al asumirse la presencia de la resiliencia se suscita el desarrollo de programas para su desarrollo, soslayando los cambios en el medio deplorado por las circunstancias de pobreza y negligencia del Estado.
  • Se relaciona indefectiblemente con el trauma. Término con orígenes históricos similares a los de resiliencia. Pone énfasis en la persona, deslindado la responsabilidad de los actores del contexto. Además, se trata de un concepto relativo a la interpretación subjetiva.
  • La autoestima es otro constructo infortunado asociado con la resiliencia.
  • Los cuestionarios para medirla, comprenden ítems ambiguos, además de generar respuestas que no necesariamente se refieren a cuestiones específicas de los mecanismos resilientes.
  • Es un concepto explicativo general, cualquier sistema capaz de sobrevivir a las calamidades lo hace porque es resiliente, no se toman en cuenta los elementos concretos coligados con los resultados estabilizadores.
  • La dispersión de los componentes resilientes van desde la biología hasta la espiritualidad, de tal modo que cualquier factor identificado en los resilientes inmediatamente puede añadirse a la extensa lista de los mecanismos de la resiliencia.
  • Plantea la existencia de emociones positivas, sin fundamentarlas.
  • Utiliza la teoría de la Inteligencia Emocional sin reconocer en ella las falencias conceptuales y su falta de cientificidad. Ambas teorías se retroalimentan dando lugar al desarrollo vertiginoso de movimientos pseudocientíficos inmersos en la New Age.
  • Se ubica como indispensable para la felicidad, ofreciendo la idea de la felicidad como consecuencia del sufrimiento, sugiriendo al mismo tiempo que el vencer las adversidades resulta en una vida plena.
  • Se acuñan los términos resiliencia familiar y resiliencia conyugal para explicar la adaptación a la sociedad en personas aquejadas de alguna condición deficitaria sin considerar que tanto la familia como la pareja se incluyen en un contexto social más amplio. Además, no se trata de la familia o la pareja resilientes, sino, son elementos protectores.
  • El estudio de poblaciones y personas vulnerables, conlleva problemas éticos ignorados por los investigadores.

Cuidado con el uso del vocablo resiliencia, no debe emplearse como la explicación rotunda de los fenómenos sociales y psicológicos rodeados de infortunio. Impide la comprensión cabal de lo que ocurre, no tanto en los resilientes sino en la mayoría de personas afectadas. Debemos recordar que la resiliencia es una excepción. Identificar los mecanismos resilientes para trasponerlos a la comunidad, no resulta el mejor camino. ¿No es mejor preocuparnos con la vulnerabilidad? Así podremos mejorar las circunstancias vitales a partir de políticas sociales en vez de recurrir a la Psicología.

La gente sufre porque no tiene las capacidades necesarias para adaptarse, como en el caso de las personas con capacidades diferente o son víctimas de un entorno desfavorable para su desarrollo, esto es palpable en la violencia contra la mujer, ¿vamos a estudiar a mujeres resilientes víctimas de violencia? ¿O vamos a preocuparnos con la organización personal del agresor y los referentes sociales que desvalorizan a la mujer?

La teoría de la resiliencia es individualista, no entiende la vulnerabilidad como un fenómeno multifactorial, se empecina en valorar las condiciones de la persona, en una mirada infantil del superhéroe capaz de enfrentarse con ella. Este pensamiento humanista derivó en enfocarse en la persona olvidando a propósito al entorno.

Es un mal de la Psicología humanista impresa en la historia occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial y reforzada en los Estados Unidos durante y después de la Guerra de Vietnam. La noción es negar el mundo insufrible a través de técnicas basadas en filosofías excéntricas o con tintes orientales, como ocurre con el mindfulness, haciendo eco de la terapia guestáltica dirigidas al presente, encerrando a la persona en su experiencia personal trascendental.

La Psicología es la ciencia del comportamiento humano, actualmente no es posible concebirla fuera de la Ciencia. La psicoterapia debe dirigirse a fortalecer a las personas para que puedan afrontar su entorno y entablar una relación realista con las desventajas a las cuales está sometida. No debe ser un acumulo de saberes ingenuos, frágiles y desatinados, difundidos para alentar falsas esperanzas en un afán por explicar el sufrimiento humano como mera actitud personal.

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[1] Docente/investigador del Departamento de Psicología de la Universidad Católica Boliviana San Pablo

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